De problemas dispersos a campaña colectiva
Chipko y la pregunta de Almeida: ¿cómo demonios arranca todo esto?
Durante décadas, las comunidades de Garhwal vivieron el mismo guion: el Estado y las empresas se quedaban con la madera valiosa, mientras los aldeanos sufrían deslizamientos, pérdida de suelo y largas caminatas para conseguir leña y agua. El malestar era enorme, pero seguía fragmentado: cada familia lidiaba como podía, entre la resignación y pequeños apaños cotidianos.
Con las gafas de Almeida, la clave no es que “hubiera tensión social” a secas, sino cómo se fueron encadenando tres procesos:
1) Formación de intereses comunes. La tala comercial ya no se veía solo como un problema técnico o inevitable, sino como un ataque compartido a la supervivencia de las aldeas. “Nuestros bosques, nuestra vida” sintetiza esa lectura.
2) Uso de infraestructuras organizativas ya existentes. Cooperativas locales, comités inspirados en el gandhismo y redes aldeanas dieron cuerpo a la protesta: reuniones, marchas, turnos de vigilancia, cartas a la administración.
3) Emergencia de una identidad colectiva. De “gente pobre de montaña” a “defensores del bosque” que actúan en nombre de algo mayor que su granja o su familia. Esa identidad se apoya en la experiencia compartida del bosque como base material y moral de la comunidad.
Ilustración o fotografía de mujeres abrazando árboles en un bosque montañoso, con saris de colores y un paisaje de laderas al fondo. Ideal para representar el gesto icónico de Chipko como punto de partida del movimiento.